Forough Farrokhzad en El Malpensante

Forough

La revista El Malpensante, núm. 138, publica estos dos poemas de la poetisa iraní Forough Farrokhzad:

El pecado

He pecado, he pecado llena de placer
En un abrazo cálido
He pecado entre dos brazos de hierro
Ardientes y rencorosos

En ese lugar desierto, negro y silencioso
Vi sus ojos llenos de misterio
Sus ojos suplicantes
Y bajo el pecho se agitaba mi corazón

En ese lugar desierto, negro y silencioso
Temblando me he sentado cerca de él
Sus labios han derramado el deseo en mis labios
Y he olvidado el delirio de mi corazón

Al oído, le he contado esta historia:
Te quiero mi amor
Te quiero a ti y toda tu vitalidad
Te quiero amor mío hasta la locura

El deseo ha iluminado nuestras miradas
El vino rojo en el vaso se puso a bailar
Sobre la suavidad del lecho, mi cuerpo ebrio
Contra su cuerpo ha temblado

He pecado, he pecado llena de placer
Cerca de un cuerpo desvanecido y trémulo
¡Dios mío!, no sé lo que hice
En ese lugar desierto, negro y silencioso.

Traducción del francés de Myriam Montoya

El enlace

El dormirse en los brazos
de alguien que se ama

tiene algo de sagrado:
algo que sobrevive

de un rito primitivo
es más que acurrucarse

como los animales
en días de tormenta

es un cuerpo un santuario
para el otro: el enla-

ce es un pacto de cara
hacia el futuro una alianza

que no debe romperse
ahora entra en contacto

la sangre con la sangre
y la respiración

con la respiración
como si fueran manos

tocándose, estrechándose.

Traducción del inglés de Ezequiel Zaindenwerg

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Poemas de Wislawa Szymborska

Szymborska

Posdata Editores y la Universidad Autónoma de Sinaloa publicaron Y hasta aquí (2012), una bella antología poética de Wislawa Szymborska que no debe faltar en nuestras bibliotecas. A continuación les comparto cinco poemas del libro:

Alguien a quien observo desde hace un tiempo

No llega en tropel.
No se reúne multitudinariamente.
No participa en masa.
No celebra a lo grande.

No saca de sí mismo
una voz coral.
No declara ante todos y cada uno.
No afirma en nombre de.
No en su presencia
este interrogatorio:
quién a favor, quién en contra,
gracias, nadie.

Falta su cabeza
donde cabezas y más cabezas,
donde paso a paso, hombro con hombro
y adelante hasta alcanzar el objetivo
con propaganda en los bolsillos
y el producto del lúpulo.

Donde sólo al principio
todo idílico y angélico,
porque pronto un tumulto
con otro se mezcla
y nunca se sabrá
de quién, ay, de quién
son estas piedras y flores,
estos vivas y palos.

Ni mencionado.
Ni espectacular.
Está empleado en el Servicio de Limpieza.
Al despuntar el alba,
en el sitio donde tuvo lugar todo,
recoge, lleva, arroja al contenedor
lo clavado en árboles medio muertos,
lo aplastado en la fatigada hierba.

Pancartas rasgadas,
botellas quebradas,
peleles quemados,
huesos mordisqueados,
rosarios, silbatos y preservativos.

Una vez encontró en los arbustos una jaula de palomas.
Se la llevó
y para eso la tiene,
para que siga vacía.

Hay quienes

Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente.
Tienen orden en su interior y a su alrededor.
Para todo la manera y la respuesta adecuada.

Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién,
con qué objetivo, por dónde.

Ponen el sello en las verdades absolutas,
arrojan a la trituradora los hechos innecesarios,
y a las personas desconocidas
a las carpetas destinadas a ellas de antemano.

Piensan justo lo debido
ni un segundo más,
porque tras ese segundo acecha la duda.

Y cuando los dan de baja de la existencia,
dejan su puesto
por la puerta señalada.

A veces los envidio
-afortunadamente se me pasa.

Obligación

Comemos vidas ajenas para vivir.
La difunta chuleta con el cadáver de la col.
El menú es una esquela.

Incluso las mejores personas
tienen que comerse algo muerto, digerir,
para que sus sensibles corazones
no dejen de latir.

Incluso los poetas más líricos.
incluso los ascetas más austeros
mastican y se tragan algo
que seguro que crecía por ahí.

Me cuesta conciliar esto con los buenos dioses.
A menos que, crédulos,
a menos que, inocentes,
todo su poder sobre la tierra se lo entregaran a la naturaleza.
Y es ésta, insensata, la que nos impone el hambre,
y ahí donde hay hambre
se acaba la inocencia.

Al hambre se le unen inmediatamente los sentidos:
el gusto, el olfato y el tacto, y la vista,
porque no es indiferente de qué alimentos se trata
y en qué platos van servidos.

Hasta el oído toma parte
en lo que sucede
porque en la mesa en muchas ocasiones se charla alegremente.

Reciprocidad

Hay catálogos de catálogos.
Hay poemas sobre poemas.
Hay obras de teatro sobre actores representadas por actores.
Cartas motivadas por cartas.
Palabras que sirven para explicar palabras.
Cerebros ocupados en estudiar el cerebro.
Hay tristezas contagiosas al igual que la risa.
Hay papeles que provienen de legajos de papeles.
Miradas vistas.
Casos declinados por caso.
Grandes ríos con gran participación de otros pequeños.
Bosques hasta sus bordes desbordados de bosque.
Máquinas destinadas a construir máquinas.
Sueños que de repente nos arrancan del sueño.
Salud necesaria para recuperar la salud.
Escaleras tan hacia abajo como hacia arriba.
Gafas para buscar gafas.
Inspiración y espiración de la respiración.
Y ojalá de vez en cuando
odio al odio.
Porque a fin de cuentas
lo que hay es ignorancia de la ignorancia
y manos ocupadas en lavarse las manos.

A mi propio poema

En el mejor de los casos
serás, mi querido poema, atentamente leído,
comentado y recordado.

En el peor de los casos
sólo leído.

Hay una tercera posibilidad:
aunque escrito,
un instante después arrojado a la papelera.

Puedes optar aún por utilizar una cuarta salida:
desaparecer no escrito
ronroneando satisfecho algo para tus adentros.

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Hacer el amor y quedarse dormida

Revista Ñ publica el siguiente texto del poeta Fabio Morábito en el que ofrece una perspectiva distinta de un hecho que puede ser o no, según las circunstancias, ordinario:

Quedarse dormida

Una amiga me contó que en una ocasión se quedó dormida en brazos de un chico mientras hacían el amor, cosa que el chico tomó como una afrenta y no volvieron a verse nunca más. Estaba agotada, me dijo mi amiga, y de repente, tendida sobre su cuerpo, se me cerraron los ojos. Le dije que, de haber sido yo el chico, habría tomado aquello como un halago y no una afrenta, pues no se duerme uno en brazos de cualquiera. Argumenté que ella había depositado en él una confianza absoluta, como un bebé en sus padres, y el chico, de haber sido más inteligente, lo habría apreciado en todo su valor. Pero hacíamos el amor, dijo mi amiga, que se sentía culpable. Hacer el amor tampoco es cosa del otro mundo, repuse yo, y afirmé que a través del sueño ella le había entregado su intimidad más profundamente a que si lo hubiera hecho por la vía tradicional del orgasmo. Mi amiga me miró con gratitud, pero no se veía convencida. Eres víctima de las convenciones, le dije, y ella replicó: “Puede ser, pero a ver, tú que escribes libros, suponte que una mujer que te gusta va a tu casa y tú le das a leer un libro tuyo mientras te metes a la regadera, y cuando sales del baño la mujer está dormida en el sofá con tu libro abierto en las manos. ¿Te gustaría?” Me quedé callado un rato recreando la escena y luego dije: “Sí, me gustaría, o no me disgustaría, sería como si se hubiera dormido en mis brazos”. “¡Sí, pero del aburrimiento!”, replicó ella al bote pronto. Volví a quedarme callado. “Vale, del aburrimiento, ¿y qué? Un libro tiene el derecho de aburrir a su lector. Hay páginas soporíferas en ‘La montaña mágica’, y es un gran libro.” “Pero tu libro no es una novela de 700 páginas, sino un delgado volumen de cuentos”, contraatacó ella. “No importa. El adormecimiento, como quiera que sea, crea un vínculo. El libro descansa sobre el pecho del durmiente, aguarda con paciencia su regreso, deja de ser una abstracción”, dije yo. Me miró escéptica. “Ojalá me hubiera dormido en tus brazos, eres un santo”, dijo. “Me habría encantado”, repuse.

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Dos poemas de Valerio Magrelli

En el número 67 de la revista Luvina se publican, entre muchos otros textos buenos, once poemas de Valerio Magrelli, traducidos del italiano por el gran poeta, ya fallecido, Guillermo Fernández. Les comparto el poema número 5, que se titula “El criminal”:

5. El criminal

He infectado a mis hijos
transmitiéndoles la vida.
Para tolerarla, la he diseminado,
creando aquello de lo que huía,
arrojando sobre pobres inocentes
la carga que yo no podía llevar.
Para poder sobrevivir
se los di a la luz, a la picota.
Estafeta de la infamia:
he repartido la carga,
he reproducido sherpas.

En Material de Lectura de la UNAM me encuentro con este otro poemita de Magrelli:

Yo habito mi cerebro
como un tranquilo hacendado sus tierras.
A lo largo del día mi trabajo
está en hacerlo frutecer,
mi fruto en hacerlas trabajar.
Y antes de irme a dormir
me asomo a mirarlas
con el pudor del hombre
por su imagen.
Mi cerebro habita en mí
como un tranquilo hacendado sus tierras.

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Ósip Mandelstam: las letras frente al poder y el terror

En el blog de La Tempestad José Luis Bobadilla nos comparte un breve ensayo sobre el poeta ruso Ósip Mandelstam, uno de los valientes escritores que enfrentó, con sus palabras, su poesía, su arte, a Stalin, y le costó la muerte. Los escritores son peligrosos para las dictaduras porque trabajan con palabras y éstas a su vez pueden transmitir ideas. Pero ideas que no controla el tirano, que circulan libres alejándose de la ideología dominante.

Mandelstam ante el absurdo

Expone Isaiah Berlin en “Las letras y el arte en la Rusia de Stalin” (1945), un ensayo recopilado en La mentalidad soviética (Galaxia Gutenberg y círculo de lectores, 2009) que a los escritores se les considera: “[…] personas a las que hay que vigilar muy de cerca, puesto que manejan el peligroso bien de las ideas y, por lo tanto, hay que velar porque no establezcan contacto privado e individual con extranjeros con mucha más cautela de lo que ocurre en el caso de otros intelectuales, como actores, bailarines y músicos, a quienes se tiene por seres menos susceptibles al poder de las ideas y, en ese sentido, más aislados de las influencias perturbadoras del extranjero”. Esta observación aclara por un lado el motivo de la persecución absurda que sufrieron poetas como Ósip Mandelstam o escritores tan inclasificables como Daniil Kharms, quienes murieron o desaparecieron en situaciones terribles, pero también subraya el hecho de que la literatura que trabaja con palabras, supone de algún modo la transmisión de ideas.

La literatura no es exactamente ideas. Sin embargo, a veces, éstas forman parte de su entramado. Cuando las ideas se notan demasiado, la literatura pierde, pues su sentido se reduce a la transmisión de un mensaje. Deja de ser revelación para convertirse en ideología. Por ello Stalin y otros políticos como él, instauraron institutos de censura que intentaron bloquear a quienes trabajaran elaborando un lenguaje de expresión personal que se alejara de la llana necesidad de informar. Un poema no dice nada a nadie, se trata como dijo alguna vez Vicente Huidobro, de no hablar de la rosa, sino de hacerla florecer en la escritura. En la poesía rusa del siglo XX, se forjó, “contra toda esperanza”, una de las experiencias más ricas de la literatura universal. Mandelstam, según contó su viuda Nadiezhda, exiliado en su propio país, volcado contra la pared, mal alimentado y tiritando de frío, sin lápiz ni papel, tartamudeaba casi con vergüenza, en los minutos más negros de la noche, las palabras que irrefrenables se depositarían después en sus magistrales poemas. Si algunos de ellos nos resultan oscuros, es porque se escribieron desde una hondísima oscuridad, y aún desde ese lugar sombrío, Mandelstam pudo proyectar versos como éstos: “Y tú, irradia el círculo / -no hay otra felicidad- / y aprende de las estrellas / el significado de la luz”.

En otro momento el poeta ruso escribió unas líneas satíricas sobre Stalin. Ése fue su crimen. Mandelstam era un hombre delgado y atento, culto e inteligente. Enamoradizo. Amaba a los autores clásicos, griegos y romanos, a la poesía simbolista francesa, y era probablemente algo extravagante. Su imaginación era sin duda la de un poeta. Su mente relacionaba cosas, situaciones. Su capacidad analítica emergía de la comparación. En su Coloquio sobre Dante (Visor, 1995) escribió: “Me pregunto -y no en broma- cuántos pares de botas, cuántas suelas de cuero y cuántas sandalias gastó Alighieri a lo largo de su trabajo poético, recorriendo los caminos de cabra de Italia”. Y es que la poesía se escribe con el cuerpo. Es un ritmo que surge de la relación del cuerpo con el mundo.

En La mentalidad soviética, he leído el mejor de los trabajos que he podido encontrar sobre Mandelstam. En este se refiere una anécdota que desconocía. Bliumkin, oficial del Cheká, organización política y militar “contrarrevolucionaria”, borracho en una cafetería, escribía los nombres de hombres y mujeres que serían ejecutados. Mandelstam se lanzó sobre él, le arrancó las hojas y las rompió frente a la mirada sorprendida de todos. Luego salió del local. Al parecer en esa ocasión se salvó gracias a la hermana de Trotsky, quien intercedió por él. Se necesitaba algo más que coraje para hacer algo como eso en un país donde el terror obligaba a la denuncia, y donde la muerte era algo más tangible que en cualquier otro sitio. Lo que Mandelstam defendía con acciones como ésas no era solamente la poesía o la posibilidad de escribir poemas, eran vidas, seres humanos condenados por la arbitrariedad

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¿Adiós a la tristeza?

En su blog Río fugitivo el narrador Edmundo Paz Soldán escribe un interesante comentario sobre el libro Coming of Age on Zoloft, de Katherine Sharpe, y reflexiona acerca de cómo se ha banalizado hoy día el uso de los antidepresivos para corregir diversos tipos de conducta o simples bajones anímicos. Con ayuda de medicamentos, insistimos y nos ilusionamos en decir adiós a la tristeza. Escribe Edmundo:

Hace algunos años, una crisis personal hizo que mi médico de cabecera en los Estados Unidos me recetara Zoloft, un popular antidepresivo. La segunda noche que lo usé tuve tres impulsos suicidas muy fuertes. Para evitar una tragedia, mi ex-esposa debió esconder cuchillos y pastillas. Temprano a la mañana siguiente, llamé al doctor y le expliqué lo ocurrido. El doctor, sin inmutarse, me dijo que podía ser un efecto secundario, que debía usar Zoloft durante un par de semanas para que comenzara a funcionar en mi organismo, pero que, si estaba apurado, pasara por su consulta para que me cambiara de antidepresivo. “Cymbalta es como para ti”, dijo, como si estuviera recomendándome una nueva marca de zapatos. Pero yo estaba tan asustado que decidí enfrentar mi crisis sin ayuda química.

Quizás los impulsos suicidas debidos al Zoloft no son muy comunes, pero lo que sí se ha vuelto normal es la forma en que los doctores prescriben antidepresivos, y la manera aun más fácil con que la gente deprimida o quizás no tanto acude a la consulta en busca de una pastilla mágica: Prozac, Paxil, Lexapro. Una amiga fue a ver a un médico y salió con cinco recetas diferentes (a las mujeres se les receta antidepresivos muchísimo más que a los hombres). Los doctores y farmaceúticos están orgullosos de estas pastillas: “lo que te estoy dando es el Rolls-Royce de los antidepresivos”, fue lo que un amigo escuchó de un farmaceútico, mientras este le entregaba una receta para obtener Mirtazapina.

Hubo un tiempo en que tomar antidepresivos era un tema tabú. Todo cambió a partir de la llegada de Prozac al mercado, un cuarto de siglo atrás. Desde el 2005 que los antidepresivos son la clase de droga más usada en los Estados Unidos (hoy lo toman el 11% de los adultos). No hay duda de que ayudan, y mucho, en el caso de depresiones extremas, pero la publicidad ha banalizado su uso, y ahora es suficiente tener un bajón anímico, padecer de fobia social o que te digan que eres muy tímido para considerar la posibilidad de usarlos; en las universidades incluso hay estudiantes que los toman antes de la semana de exámenes, una forma de preparación tan importante como leer los libros asignados.

En su libro Coming of Age on Zoloft, Katherine Sharpe señala que hay una conexión directa entre los antidepresivos y la redefinición de nuestra identidad. Hoy ciertos problemas emocionales o de conducta se conciben simplemente como “desórdenes bioquímicos”; hay muchos adultos que han vivido tomando antidepresivos desde su infancia, por lo que no tienen muy claro quiénes son ellos verdaderamente, qué ha cambiado de su personalidad gracias al uso de estas pastillas.

Estamos lejos de la poética melancolía freudiana. El modelo biomédico actual de entender la depresión es más prosaico e indica que todo se debe a la deficiencia de serotonina en el cerebro; sin embargo, como sugiere Sharpe, estudios recientes muestran que solo el 25% de los pacientes diagnosticados con depresión tiene niveles de serotonina más bajos de lo normal. A la hora de diagnosticar problemas mentales, tampoco se tiene en cuenta el contexto en que estos ocurren, por lo que se suele confundir una reacción normal -tristeza o angustia ante situaciones dolorosas- con un desorden psiquiátrico. A una amiga de 60 años le recetaron Prozac para enfrentar la vejez; tiene razón Sharpe en señalar que la vida parece haber sido “patologizada” completamente; se está llevando a cabo una “guerra química” contra reacciones humanas normales.

Nos preocupamos de los antidepresivos, pero Coming of Age on Zoloft muestra que lo que se viene es aun más complejo: los antipsicóticos atípicos, medicamentos con nombres como Spiron, Zyprexa o Quetiapina. Son tan fuertes que pueden “curar” cualquier desorden de conducta casi de inmediato, aunque su uso es polémico por sus efectos secundarios (aumento de peso, síndrome de piernas inquietas, etc). Puede que su inevitable popularización haga que, en los próximos años, terminemos agradeciendo la existencia de cosas más “suaves” como el Prozac o Zoloft.

(La Tercera, 13 de agosto 2012)
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Un cuento de Patricio Pron

En Diez mil hombres el escritor Patricio Pron nos relata una historia que muestra el poder que de pronto puede llegar a tener la buena ficción para instalarse entre nosotros: los lectores hambrientos de historias y personajes tan fascinantes que nos parezcan reales. Si el escritor de ficción tiene derecho a mentir, el lector tiene el derecho de creer y vivir las historias, de arrebatar al autor sus creaciones y hasta jugarle bromas literarias. Un relato cobra vida cuando el lector entra en él.

Diez mil hombres

Algunos años atrás publiqué una novela llamada El comienzo de la primavera que ganó un premio y fue candidata a otros dos que no ganó y encontró sus lectores, que es posiblemente lo mejor que pueda decirse sobre un libro. Una parte considerable de la historia que contaba allí transcurría en la ciudad alemana de Heidelberg. En el departamento de filosofía trabajaba supuestamente Hans-Jürgen Hollenbach, el profesor que lo había visto todo y lo había hecho todo y al que el protagonista de la novela perseguía a lo largo del libro con la expectativa de comprender aquello que posiblemente no podamos acabar de entender nunca. Yo había estado en Heidelberg en un par de ocasiones tomando notas y fotografiando las casas y las esquinas sobre las que pensaba escribir en una novela que aún no se llamaba “El comienzo de la primavera” y había procurado ser tan riguroso con la información acerca de la ciudad como me fuera posible. Un tiempo después, con la novela ya escrita, me pregunté por qué me había tomado el trabajo de documentarme de aquella forma, puesto que era posible que los lectores del libro –si el libro tenía lectores algún día– no tomasen en cuenta esos detalles y no esperasen de ellos ningún tipo de relación estrecha con la realidad, pero pensé que eso no tenía importancia, que caminar por Heidelberg tomando notas había sido importante porque había hecho creíble para mí la historia y que posiblemente ese era el único requisito realmente ineludible para que la historia fuese creíble para otros. Quizá fuera así como funcionaba siempre.

Unos años después de que aquella novela fuera publicada –y después de haber editado otros dos libros con mi nombre y de haberme visto envuelto en un matrimonio no precisamente simple y después de haber olvidado aquella novela y la ciudad que la había inspirado– recibí una invitación de los traductores Carmen Gómez y Christian Hansen para intercambiar opiniones con una docena de jóvenes traductores acerca de la traslación al alemán de mi trabajo. Gómez y Hansen –este último, mi traductor al alemán– me avisaron con cierta alegría que el encuentro tendría lugar en Heidelberg, y yo pensé por un momento que quizá aquella era una amenaza y quizá también la invitación a cerrar un círculo, así que no dije que no, o lo dije con muy poca firmeza, y un día volé a Fráncfort del Meno y después tomé un tren a Heidelberg y finalmente me vi frente a una docena de jóvenes traductores que sabían más acerca de mi trabajo de lo que yo llegaría a saber algún día. Yo no necesito saber sobre mi trabajo porque lo he hecho y me pertenece, recuerdo que pensé en algún momento de la conversación, pero pensé que el argumento tal vez no fuera particularmente acertado y preferí callarme. Después de la conversación hubo una pequeña recepción en el patio de la Escuela de Traducción de la universidad en la que todos intentamos sortear a las abejas –que ese año eran particularmente abundantes– y comimos salchichas asadas y bebimos cerveza.

Una mujer que no había participado de la conversación se acercó a mí en algún momento de la recepción y me dijo que tenía algo para darme; hablaba un español excepcionalmente correcto, que ella atribuyó al hecho de que lo había estudiado en el instituto. La mujer –llamémosla Ute Kindisch, aunque posiblemente ese no fuera su nombre– tenía unos sesenta años y me dijo que trabajaba en el departamento de filosofía de la universidad. Al decirlo, me entregó un fajo de sobres con una expresión infantil que hacía honor a su apellido. Me dijo que unos años atrás habían comenzado a aparecer en el buzón del departamento unas cartas destinadas a un cierto Hans-Jürgen Hollenbach y que el asunto la había intrigado de inmediato, ya que no conocía a ningún colega con ese nombre: desconcertada, había buscado en la red y había dado con una reseña de mi novela y la había comprado en una de esas librerías electrónicas que tan útiles resultan a veces. A mí su historia me sorprendió y me halagó a partes iguales, y no pude evitar preguntar si finalmente había leído la novela y qué le había parecido, pero Frau Kindisch respondió simplemente que le había parecido “interesante”. Naturalmente, me dijo, ella no podía hacer nada por los corresponsales del supuesto Hollenbach, pero sí podía, al menos, reunir las cartas que le destinaban y procurar entregármelas algún día; mi visita, dijo, le había parecido una oportunidad excelente para hacerlo. Mientras me hablaba, yo sostenía el fajo de cartas entre mis manos como si hubiesen sido escritas con una tinta pétrea o como si yo fuera incapaz de sobrellevar el peso de haber hecho pasar por una mentira lo que era una invención literaria; cuando reuní valor, le agradecí y le dije que no se preocupara, que siempre había lectores crédulos que confundían una ficción verosímil con la realidad, y que le agradecía su pesquisa y ser mi lectora. Ute Kindisch –pero ahora estoy seguro de que no se llamaba así y que su nombre era otro– sonrió al decirme que sí, que debían ser sin duda lectores crédulos y me dio la mano y se dio la vuelta y se perdió de vista

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