Ensayos viajeros de Stevenson

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La editorial Páginas de Espuma acaba de publicar un libro que reúne los ensayos de Robert Louis Stevenson acerca de un arte que él practicó alegremente: el arte de viajar. Un libro pleno de experiencias y vagancias gozosas. El Cultural nos comparte dos ensayos del libro que pueden leerse aquí.

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La escritura furtiva de Fabio Morábito

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Una sociedad que privilegia, hasta la exacerbación, el rendimiento, la productividad, el trabajo útil y el dinero no puede sino mirar con recelo, cuando no con menosprecio, la lectura y la escritura literarias. Dos prácticas, dos hábitos que suelen florecer, ostensivamente, en los momentos inútiles de ocio creador, soledad, silencio y calma. Hijas de la quietud, la introspección y la noche. Leer y escribir es poner una pausa, tomar un respiro, suspender los negocios, hacer estallar la realidad, bajar el volumen a nuestras palabras y escuchar mejor los mundos interiores propios y de quienes nos rodean. Pero parece que en la sociedad del consumo y las prisas hay que leer o escribir furtivamente, casi ocultos como ladrones (aunque hoy los ladrones ya no se escondan). Quien lee y escribe en el trabajo roba horas a su empleador; quien lo hace en su tiempo libre, roba horas a su familia y a sus amigos. Al menos queda la sensación culposa de que se es el autor de un robo.

En su libro El idioma materno (Sexto Piso, 2014) Fabio Morábito (Alejandría, 1955) confiesa que se levanta muy temprano a escribir, “cuando todo el mundo está dormido”. Lo imagino desplazándose a hurtadillas de su recámara hacia la mesa de escribir, acechando, mirando a todos lados, esperando el instante preciso de la madrugada para cometer el robo, “porque cuando se escribe con intensidad [y Morábito escribe así] se está en realidad robando, sustrayendo de los bolsillos del lenguaje las palabras necesarias para aquello que uno quiere decir, justo esas palabras y ni una más”. No sólo por la hora en la que escribe, sino por el saqueo de palabras al que se entrega nuestro escritor, es comprensible que éste conciba la escritura como una actividad furtiva y ladrona; una huida del agobio habitual. A fuerza de buscar las palabras exactas, el escritor se dedica a sustraerlas de todas partes y a acomodarlas en su provecho. “El artista de la prosa [también del verso] evoluciona dentro de un mundo lleno de palabras ajenas, a través de las cuales busca su camino” (Bajtin).

El idioma materno reúne 84 textos breves, de apenas página y media, en los que el también poeta Fabio Morábito ensaya mientras relata o narra mientras reflexiona acerca de la condición vampírica del escritor que escribe en una lengua distinta a la materna –como lo hace el propio autor, cuya infancia y parte de la adolescencia transcurrió en Italia— y que padece la sensación de vivir dos vidas o de llevar una doble máscara (“yo nací en un combate/ de lenguas y de orígenes”); un rasgo, el de estos escritores afincados en otro idioma, que “suele traducirse en un exceso de estilo”. No sé si exceso, pero si hay un elemento común en todos los escritos de este libro ese es la voluntad y la consecución de estilo, la búsqueda y conquista de la eficacia (hasta del sonido) de cada frase. La verdadera diferencia entre la prosa y la poesía es que “sólo hay una forma de escribir un poema, y es verso a verso, mientras no se escriben un cuento o una novela línea por línea”, apunta Morábito. La poesía avanza por pasos; la prosa marcha, sin detenerse, como seducida por el anzuelo de su objetivo. No obstante, la prosa de nuestro autor en estas miniaturas textuales parece estar escrita a la manera del poema: línea a línea, comunicando lo esencial, comprometiendo la escritura con el arte, “porque escribir sin estilo equivale a no escribir”. Flaubertiano, Morábito es un arquitecto de la frase, acaso un obrero de la depuración.

En Fabio Morábito no sorprende la brevedad de sus prosas, como tampoco la de sus poemas (La ola que regresa, 2006). Se trata de un escritor que ha decidido viajar por la vida ligero de equipaje, como quien habita y se traslada permanentemente en una casa rodante, obligado a utilizar pequeños espacios de muy distintas maneras. Su escritura ha logrado hacer “caber la mayor cantidad de materia en el menor espacio”: versos y ensayos cortos cuya ejecución no deja de ser memorable, ¡hacen mucho con tan poco!, son casas rodantes de palabras. Podría extenderse más, quizá comprar un excedente de terreno. Sin embargo, para qué malgastar palabras si se puede reducir la literatura a la “efusividad del arrebato comunicativo”, al lenguaje de las miradas y los gestos, a los balbuceos primarios del idioma materno, a la poesía.

“Un escritor de narrativa o de poesía que posea más de mil libros empieza a ser sospechoso. Para qué escribe, me pregunto. Sólo debería escribirse para paliar alguna carencia de lectura”. Entre menos libros tiene un escritor, más huecos encontrará en su biblioteca y sentirá la necesidad de tomar la pluma para corregir esa falta en sus estantes. Cuando uno lee los libros de Fabio Morábito e identifica una voz original entiende que han sido escritos para suplir una ausencia en los libreros de los más variados lectores.

Hay otra manera peculiar de concebir y escribir libros con paciencia a lo largo del tiempo: subrayarlos. “Los subrayados son la evidencia de una lectura acuciosa y apasionada”. Quien subraya va escribiendo también un libro autónomo, propio, el libro que siempre quiso escribir. A la vuelta de los años uno debería recopilar las frases, las oraciones subrayadas y las divagaciones anotadas en los márgenes de los libros leídos, sólo para descubrir que hay ahí, acabado, otro libro de sorprendente unidad y consistencia –que fue cobrando forma en los momentos en que deteníamos la lectura, tomábamos la pluma o el lápiz y comenzábamos a escribir la lectura—: nuestro libro, el que faltaba en la biblioteca. Si lo meditamos un poco, subrayar libros, reescribirlos mientras leemos, es otra manera de robar palabras y apropiarnos de un lenguaje que al principio parecía ajeno. Piratas de la lectura, cavamos en las páginas como quien busca tesoros para desenterrarlos. Subrayar libros es otra forma de la escritura furtiva.

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Un poema de Fabio Morábito

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Café

Rodeado escribo,
me aíslo en el barullo,
dejo descortezarme
hasta encontrar la voz que busco
(no escribo nunca la mía),
y así me gano, entre estas voces,
mi escritura,
y todos vienen a lo mismo,
a consumir no el desayuno que ordenaron,
sino este vocerío,
porque el bullicio es nuestra cafeína.

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Un diálogo con Francisco González Crussí

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En Letras Libres Fernando García Ramírez entrevista al patólogo y gran ensayista Francisco González Crussí, autor de dieciséis libros que en su mayoría reflexionan, con gran sabiduría, en torno al cuerpo, a la fragilidad y grandeza del ser humano. Vale la pena leer esta charla. Los invito:

A lo largo de su obra ha escrito sobre todo lo relacionado con el cuerpo, ¿qué nos puede decir sobre uno de los anhelos más poderosos del hombre: el anhelo de inmortalidad, que ahora la ciencia ha retomado bajo la forma de la clonación?

Francamente pienso que no veremos la inmortalidad por muchas generaciones. La mortalidad es una ley biológica inmodificable, hasta hoy nadie ha dicho que las células puedan alcanzar una vida indefinida. Será una gran victoria de la medicina si puede prolongar la vida. Eso es perfectamente posible. Hay tantos factores tóxicos que pueden eliminarse sistemáticamente y, de ese modo, prolongar la vida a unos ciento veinte años, quizá más. Pero no la inmortalidad. En primer lugar, no me parece que fuera algo benéfico, al contrario, la gente se lamentaría de tener que vivir mucho tiempo. Tampoco creo que sea biológicamente posible. Aunque el futuro en la ciencia es impredecible, creo que está más allá de los límites humanos.

En la Antigüedad el cuerpo estaba ligado al cosmos, más adelante pensamos que formaba parte de la naturaleza y, posteriormente, de la trama social, ¿qué lugar ocupa hoy el cuerpo en el imaginario colectivo?

El problema lo creó la famosa dualidad que postuló Descartes, que se convirtió en un dogma a todos los niveles. En vez de identificarnos plenamente con nuestro cuerpo, con la entidad que encarna nuestra persona, hablamos del cuerpo como si fuera algo diferente, como si el cuerpo y el yo fueran dos cosas distintas. El yo por un lado y el cuerpo por el otro, con todas las grandes desventajas que eso implica. En la medicina lo vemos muy claro: el médico suele atender la enfermedad cuidadosamente y se desentiende del ser humano, de la persona, que está formado también de sueños, angustias y temores. Este es uno de los problemas clave de nuestra época: el resurgimiento de un dualismo no muy bien entendido.

¿Por qué se especializó en patología?

Hubo muchos factores que determinaron esa elección. Uno de ellos fue la existencia de modelos, como Ruy Pérez Tamayo e Isaac Costero, un gran maestro burgalés avecindado en México. Un maestro lleno de dichos y dicharachos. La gente se desternillaba oyéndolo, además de que era cultísimo. Había estudiado en Alemania, que era la meca de la patología, antes de que los norteamericanos tomaran la estafeta a partir de la Segunda Guerra. Yo quería ser como Costero, por su erudición, su cultura, su aire europeo, pero también como Pérez Tamayo por su dinamismo y su brillantez intelectual.

Otro de los factores que me condujeron a la patología fue mi gusto por la microscopía. Observar las preparaciones histológicas al microscopio tiene una satisfacción estética. Las imágenes que uno ve parecen cuadros de arte abstracto. Y bueno, la patología estudia los problemas médicos desde el punto de vista teórico in extenso, sin la terrible presión del cuidado de los enfermos. Eso de que lo levanten a medianoche, “doctor, doctor, venga…”, no le pasa al patólogo.

En otras ramas de la medicina un diagnóstico erróneo puede ser fatal, pero en la patología hay tiempo para estudiar las enfermedades en el laboratorio, de consultar con otros colegas. Un cirujano que está operando tiene que tomar al momento decisiones trascendentales, si se la va la mano muere el paciente, no existe el “voy a consultar con mis colegas”.

Pero usted no se dedicó propiamente a la investigación, sino a labores clínicas.

Cierto, mi intención era volver a México a trabajar como patólogo, pero me di cuenta de que las oportunidades para hacer investigación eran muy reducidas. Para ganarse la vida hay que hacer diagnósticos. Los médicos nos preguntan: “¿Esta biopsia del hígado presenta hepatitis o no?” La analizo en el microscopio. Un investigador puede saber mucho sobre la función del hígado, sobre la síntesis de las proteínas, etcétera, pero si le presentan un hígado y le dicen “a ver, dime ¿es hepatitis?”, no está seguro. No lo sabe porque no es su campo. La patología diagnóstica requiere cierto virtuosismo, hay que practicar todos los días, entrenar el ojo y la memoria. Eso me gustaba mucho. Pero, para ganarme la vida, tuve que salir de México. Me dijeron: “¿Te irías al Canadá?” “Me voy adonde sea.” “¿Harías patología pediátrica?” “Haré lo que sea para que me dejen trabajar.” Así fue que me terminé dedicando a la patología pediátrica. Cuando empecé estaba muy mal comprendida, mucha gente pensaba que el cuerpo de un niño era igual que el de un adulto, solo que en miniatura. Y no, el niño no es un adulto en miniatura. Tiene sus problemas patológicos sui géneris, propios de la infancia, los tumores no son los mismos, en fin.

En su obra es clara una manufactura literaria, ¿cómo se descubrió escritor?, ¿cuáles son sus lecturas literarias favoritas?

Empecé muy tarde a escribir porque la medicina académica es muy absorbente. Todos están trabajando como demonios, no puede uno quedarse atrás. Pero desde joven tuve la inquietud de escribir literatura. A los cincuenta años comencé a leer sistemáticamente y con mucha atención sobre todo a autores ingleses del siglo XVIII, ensayistas como Steele y Addison y hasta poetas como Alexander Pope, también al novelista Henry Fielding. Todos de un estilo rimbombante, de frases interminables. Una vez que tuve ese bagaje, comencé a escribir artículos no técnicos, tratando de imitar a los autores que hasta la fecha me siguen gustando mucho. He recibido críticas, sobre todo en Estados Unidos, de que mi estilo es arcaizante, que me pierdo en florilegios. La crítica en general me ha tratado bien, aunque a veces ha señalado que uso frases fuera de moda. El gusto actual tiende a las frases cortas y yo tiendo a lo contrario.

Mis autores preferidos han variado con el tiempo. Actualmente estoy leyendo a los italianos, entre otras cosas porque tengo que preparar mi discurso de recepción del premio Merck. Me gustan mucho Luigi Pirandello, Luigi Capuana, Guido Ceronetti, Piero Camporesi y hasta Umberto Eco

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Una carta a Descartes

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Fabrizio Andreela escribe una carta al filósofo Descartes para enterarlo del camino que hoy día ha tomado su pensamiento. La filosofía se aparta del ser para devenir una doctrina del conocimiento; el individuo se ha vuelto incapaz de ser sin traducir su existencia en un concepto. La existencia, pues, se cifra en lo pensable. Nos dice el texto:

Excelentísimo señor Descartes:

Usted es considerado el fundador de la filosofía moderna, responsabilidad que tiene que llevar por su exaltación de la razón y del método analítico. Así dicen los bien informados.

Le escribo desde una época que sí ha hecho de la razón científica una fe que nos guía, pero la sorpresa es que nos ha llevado a situaciones muy irracionales, insensatas y trágicas. Por ejemplo: en la Edad Media, las guerras se hacían de una forma más razonable, los soldados se mataban entre sí desde el amanecer al crepúsculo y descansaban en invierno y por la noche, mientras que hoy nos hemos especializado en matanzas científicas de civiles indefensos, incluso en el anochecer, y mejor aún si están agrupados en escuelas, hospitales o templos.

El sueño de la razón produce monstruos, indicó Goya, y creo que usted estará de acuerdo con él. Yo también, eminentísimo Maestro. Sin embargo, tengo que decirle que la razón despierta no es mucho mejor que la que está dormida, cuando sirve como criada en las casas de banqueros ávidos, políticos corruptos, fanáticos religiosos, empresarios sin escrúpulos y periodistas vasallos, no de la verdad sino del éxito de las noticias.

Mi intención es referirle cuál ha sido el destino histórico de su pensamiento.

La afirmación cogito ergo sum (pienso, por lo tanto existo) se ha tornado, en la frontera del mundo accesible, en el nec plus ultra de la modernidad y de la identidad íntima.

Usted tenía razón, pero creo que el día en que usted tuvo esa intuición sobre la relación entre ser y pensar, la excitación por ese descubrimiento le hizo confundir las cosas y “existo, por lo tanto pienso” se transformó en “pienso, por lo tanto existo”. Ese pequeño descuido nos ha costado un poco de complicaciones y sufrimientos interiores. Además, la filosofía ya no es ciencia del ser sino doctrina del conocimiento. Orgullo de los intelectuales, claro está, porque brinda cuantiosa dignidad y valor a la única cosa que saben hacer: pensar.

Observada desde la perspectiva del siglo XXI, la afirmación “pienso, por lo tanto existo” aparece como una ilusión y una celda más que como conquista. Es la admisión de la incapacidad del hombre de ser sin traducir la existencia en un concepto.

Es cierto que usted ha sido fundamental para el nacimiento del pensamiento descarnado que gobierna el mundo encarnado. Sin embargo, Leon Battista Alberti fue el hombre que por primera vez encerró lo real en un código que lo sistematiza: la perspectiva. Fue él quien le permitió a usted elaborar su filosofía, porque creó la mirada necesaria para ella. Con la definición de la perspectiva, Alberti determinó el sujeto que espía la realidad quedándose fuera de la escena y dentro de su cuerpo. Además, declaró y plasmó la distancia entre el ojo del pensamiento y el cuerpo del mundo. Esta mirada que contempla la realidad desde afuera fue lo que dio vida al recorrido que usted profundizó afirmando la definitiva separación entre cuerpo y mente.

Usted ha hecho una morrocotuda écfrasis de la obra de Alberti, es decir, ha traducido a lo verbal y a lo conceptual la mirada de la perspectiva, esa mirada que divide la imagen del mundo de quien lo observa.

Hoy en día, gloriosísimo Maestro, toda expresión artística parece ser una écfrasis al revés, un gran envasador de nociones y palabras molidas para que se moldeen en imágenes, y ahora su eslogan filosófico sería más bien video ergo sum.

Después del fallecimiento de su res extensa, maestrísimo Maestro, el mundo ha reducido la realidad a lo que el pensamiento puede alcanzar. Hemos encerrado la existencia en lo pensable. Así, los hombres han tenido la placentera sensación de ser libres de una trascendencia enajenante, o sea de ser finalmente los señores de sus vidas, vidas que anteriormente parecían ser los pasatiempos de Dios

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Un cuento de Bioy Casares

Reverdecer

Seguía mirando el sepulcro, porque estaba resuelto a no moverse hasta que se alejaran las hermanas de la pobre Emilia y porque en el instante en que se volviera, para salir del cementerio, entraría en el mundo donde ya no podría encontrarla. No se resignaba a emprender el regreso platicando pías trivialidades con esas mujeres, ni se dejaría engañar por la esperanza, tan deplorablemente inútil de buscar en ellas algún rasgo en que su amiga perdurara. Las mujeres partieron por fin; él estaba por irse, cuando descubrió, a una distancia que sarcásticamente calificó de respetuosa, al hombre de las pompas fúnebres, con el aire contrito, servil, implacable, que ya le conocía. Desde la noche del accidente, lo vio merodeando por los alrededores de la casa de Emilia, en un automóvil negro. Ahora pretendería, probablemente, venderle algún álbum de fotografías y de recortes o algún adorno para la tumba; pero lo aterraba la posibilidad de que el individuo, en el afán de ponderar el trabajo de la empresa, le comunicara pormenores macabros. Lo que estaba ahí debajo no era Emilia y para acercarse a ella no había en toda la tierra un lugar más incongruente que ese rectángulo de mármol, con el nombre y la cruz. Mientras él viviera, sin embargo, traería flores. Alguien debería hacerlo y la persona indicada era él. La persona indicada, reflexionó con orgullo, y la única, pues en la vida y en la muerte de Emilia estaba solo. Con dolor en el corazón recordó que en alguna época había anhelado una seguridad como la que ahora tenía: la seguridad de que nada pudiera ocurrir.

Juntos habían leído los versos de un poeta francés:

Por poco que te muevas,
despiertan mis angustias,

y él había exclamado: Es verdad. ¿Cómo pedir a un ser tan vivo como Emilia, que permaneciera quieta a su lado, que no fuera inconstante? No pidió nada, pero el milagro de fidelidad ocurrió. Tal vez por eso ahora se hallaba en medio de una soledad tan extrema, sin nadie para compartir el dolor. El cansancio de los últimos días lo llevó a pensar en imágenes; poco menos que soñando despierto, se vio a sí mismo como un jardinero de tumbas. “Todos los viernes pondré aquí un ramo de rosas”, murmuró, “para compensar las calas que traerán esas mujeres”.

Cuando advirtió que el individuo había partido, lentamente emprendió el camino de vuelta. Cruzo lugares abiertos y desolados, bajó hasta la plaza y a la sombra de los árboles de la calle Artigas, en la tibieza del aire y en un olor de hojas presintió la todavía lejana primavera. Un piano, en una de las casas próximas, tocaba una marcha, circense y trivial, que no oía desde hacía tiempo. Recordó a Arguello o Araujo ¿cómo se llamaba su antecesor? Era éste un personaje borroso, que nunca lo inquietó. Por lo que había colegido, la conoció a Emilia cuando ella tenía menos de veinte años, y probablemente se valió de la circunstancia. Nada concreto le había dicho Emilia contra ese primer amor – era incapaz de ello – pero sin lugar a dudas le dio a entender que en su vida había contado poco. El episodio no tenía otro significado que el de probar lo ciega y cruda que era la juventud.

Se detuvo para cruzar la calle. Miró su casa: el frente de imitación de piedra, la angosta y oscura puerta de madera, los dos balcones laterales, los de arriba (en previsión de un piso alto); se admiró de que todo eso alguna vez le haya parecido alegre. Abrió la puerta y entro como en un sepulcro.

Aquella tarde no pudo renunciar a una convicción absurda. Cuando llamaban a la puerta acudía temblando de esperanza. A pesar de que había llevado una vida retirada, se encontró con que tenía numeroso amigos, y a pesar de las particularidades de su luto, las visitas se sucedían a las visitas. Él recordaba otras, de un ayer que había quedado muy cerca y muy lejos: ni bien cerraba los ojos creía ver a Emilia, llegando un poco atrasada, agitada por haber corrido, y creía sentir en su rostro la frescura de su piel; pero nada fuera de lo regular ocurrió hasta el viernes por la mañana, cuando acudió al cementerio, con un ramo de rosas blancas. Apenas ajado, como si estuviera allí desde la víspera, encontró sobre la tumba un ramo de rosas rojas. Por dos motivos el hecho le extrañó: porque se le hubieran anticipado con la ofrenda, las hermanas, y porque desafiando las convenciones, hubieran elegido flores de color. Opinó que el azar era capaz de todo. Transcurrieron siete días y olvidó el asunto. El viernes acudió a la tumba con sus rosas blancas. Allí encontró por cierto, un nuevo ramillete de rosas rojas.

Aunque resolvió no pensar más, caviló bastante por aquellos días, hasta la mañana del jueves, en que tuvo una inspiración. Apresuradamente se dirigió a un puesto, donde compro flores. En Rivadavia subió a un taxímetro. Muy pronto había depositado su ofrenda y estaba un poco perplejo, sin saber que hacer. Mientras erró por el cementerio, los minutos pasaron con señalada lentitud. Descorazonado, cruzó el pórtico y en la soleada escalinata se detuvo un instante, se volvió, para dar otra oportunidad al destino, y en el fondo de la alameda oblicua observo con estupor la escena que toda la mañana había previsto y esperado: el hombre colocando en la tumba las rosas rojas.

Su repugnancia de las cosas de la muerte, un tanto neurótica y obsesiva, lo había llevado a tomar por empleado de pompas fúnebres al hombre que en un automóvil negro, por la casa de Emilia, en los días del accidente. Ahora recordaba una fotografía de Araujo, que había mirado distraídamente años atrás. El hombre era Araujo.

Si no quería que lo sorprendieran ahí, debía alejarse cuanto antes. Aún se demoró un poco. Partió luego caminando despacio. Todo el día espero, espero sin inquietud, como quien está seguro. A las diez de la noche llamaron a la puerta. Antes de abrir, sabía con quien iba a encontrarse. Araujo le dijo:

- Caminando se conversa mejor. Sobre todo caminando de noche. ¿Quiere dar una vuelta?
Por Bacacay y Avellaneda bajaron hasta Donato Alvarez; rodearon la plaza Irlanda; volvieron al oeste por Neuquén. Durante horas caminaron y hablaron plácidamente de la mujer que habían querido. Araujo explico:

- No le llevo flores de muerto porque me parecen una afrenta para Emilia. ¡En ella la vida era evidente! – Después de una pausa agrego – Tenía algo sobrenatural sin embargo.

Él pensó: “Yo no lo había advertido, pero es verdad”. Aunque aparentemente contradictoria con algunas afirmaciones anteriores, encontró que no era menos cierta otra observación de Araujo:

- Porque era sobrenatural debemos ahora conformarnos. Tal vez nunca perteneció a este mundo.

En algún momento le molesto que alguien la hubiera conocido mejor que él y no estuvo lejos de los celos. Araujo debió adivinar el sentimiento porque declaró:

- No podemos juzgarla como a las otras mujeres. Emilia era de un plano distinto. Era de luz y de aire.

Se despidieron. Vio partir a Araujo en el automóvil negro; entró en la casa, encendió el calentador, preparó unos mates. Quería meditar sobre el descubrimiento de esa noche: porque otro la había querido, él no estaba solo, la memoria de Emilia se ensanchaba y más allá de la tumba continuaba del milagro de la vida.

Adolfo Bioy Casares – “Historias de Amor”

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Adolfo Bioy Casares en La Jornada semanal y Confabulario

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(Ilustración de Sergio Bordón)

La Jornada semanal celebra los 100 años del escritor argentino Adolfo Bioy Casares con dos buenos ensayos: uno de Harold Alvarado Tenorio y otro de Gustavo Ogarrio. Transcribo unos párrafos del primero:

A La invención de Morel (1940) debe Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999) buena parte de su prestigio. Es una suerte de diario llevado por un fugitivo “venezolano” que, evadiendo la persecución policial, encuentra refugio en una isla, aparentemente desierta, en medio del océano. Pronto descubre unos extraños edificios (un museo de tres pisos con una torre, donde hay una biblioteca; una capilla oblonga y una piscina de piedra sin pulir) habitados por gentes que ignoran su presencia y, bajo inusuales circunstancias, parecen tomar parte en un ritual de intrigas y convencionales rutinas sociales. El prófugo se enamora de una de esas figuras pero finalmente descubre, luego de un peregrinaje donde ve el fenómeno fantástico de dos soles y dos lunas, que no son seres humanos sino imágenes proyectadas por la compleja máquina de Morel que, regulada por la marea, suministra energía a los motores para producir fluido eléctrico y crea las figuras. La máquina tiene tres partes: la primera registra, la segunda graba y la tercera proyecta. Las personas desaparecen al desconectarse el aparato. También descubre que Morel ha construido una suerte de paraíso circular donde las acciones y los gestos de las figuras se repiten con la inexorable periodicidad de los cambios lunares. Pero antes de llegar a esta conclusión, la imaginación del protagonista se puebla de sospechas y conjeturas que consigna en el diario que leemos tras su muerte. Todo ello provee de suspenso y de una peculiar atmósfera surrealista a la historia.

Esta novela fue durante la vida de Borges uno de los hitos latinoamericanos de la literatura llamada de ciencia ficción. El tema de la inmortalidad está en su origen. La fascinación de Bioy Casares por los espejos y el recuerdo de La isla del Dr. Moreau, de H. G. Wells, y El castillo en los Cárpatos, de Julio Verne, donde un científico crea “homunculi” y usa técnicas especiales para reproducir figuras humanas, son otras de sus arqueologías.

Bioy pasó su infancia entre la estancia de su padre en la provincia de Buenos Aires y la mansión de la familia en la capital. Durante los estudios de bachillerato se interesó por las matemáticas pero nunca abandonó su interés por la literatura. Terminó su primera obra en 1928, un cuento fantástico y policial, y al año siguiente publicó su primer libro de cuentos. Fue para ese entonces cuando descubrió la novela española del siglo XIX, la Biblia, la Comedia, de Dante, el Ulises, de Joyce y los clásicos argentinos, las novelas desechables y las tiras cómicas. Como la mayoría de los jóvenes de clase alta de su tiempo, se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, pero al no encontrar éxito alguno en sus estudios se cambió a Filosofía y Letras, pero no llevó a término carrera universitaria alguna y prefirió administrar la estancia de su padre. En 1932, gracias a los buenos oficios de Victoria Ocampo, conoció a Jorge Luis Borges, iniciando así una de las amistades y alianzas literarias más ventajosas del siglo.

Borges logró convencer a Bioy de que la actividad literaria excluye a las otras. Crearon una casa editorial y fracasaron. Durante estos años Bioy leyó con avidez bajo la tutela de Borges a todos aquellos autores que este último consideró, entre otros, los más importantes para el desarrollo de una personalidad literaria: Johnson, Gibbon, De Quincey, Butler, Stevenson, Kipling, Wells, Conrad, Proust, Hawthorne, James y Kafka

También les recomiendo leer en Confabulario Bioy Casares o la inmortalidad.

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