En El Malpensante

Jim
(Una imagen de Jim Golden)

El Malpensante publicó un breve artículo mío que anteriormente les había compartido en este espacio. Les ofrezco el enlace para la lectura o, en su caso, relectura de aquel texto: La pasión de acumular.

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¿Por qué se escribe? (Carson McCullers)

Originally posted on ANATOMÍA DE LA INTIMIDAD literatura y espejos rotos:

carson11Debe de ser que se escribe por alguna necesidad subconsciente de comunicación, de expresión personal. Escribir es una ocupación vagabunda, soñadora. El intelecto se hunde por debajo del inconsciente: la imaginación es quien mejor controla a la mente pensante. Sin embargo escribir no es totalmente amorfo y antiintelectual. Algunas de las mejores novelas y escritos en prosa son tan precisos como un número de teléfono, pero pocos prosistas lo logran, debido al refinamiento que es necesario alcanzar en la pasión y en la poesía. No me gusta la palabra prosa; es demasiado prosaica. La buena prosa debe estar fundida con la luz de la poesía; la prosa debe ser como la poesía; la poesía debe ser tan inteligible como la prosa.

En El sueño que florece de Carson McCullers

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Sobre la vocación literaria

escritor

A propósito del libro La creatividad literaria, de José Antonio Marina y Álvaro Pombo, el poeta y ensayista Armando González Torres escribió este claridoso artículo que me gusta releer:

Estimado aspirante: una pulsión te consume, tienes la tentación irresistible de escribir y hasta has pensado que podría ser una profesión valiosa. Si te piden razones para la rara elección vocacional, acaso tendrás que acudir a motivos confusos, como esa sensación de pasmo y revelación que experimentas ante determinados textos o, tal vez, tus razones sean más concretas y mundanas, pues piensas que escribir brinda prestigio social, abundantes reflectores y sex-appeal. En todo caso, debes sopesar con toda sinceridad la naturaleza de tu llamado, pues eso te ahorrará mucho tiempo y conflictos. Si aspiras al ascenso en el mundo literario, apenas tienes que leer y escribir: mejor utiliza tu olfato y competencias sociales; amplía tu círculo de influencias en todos los ámbitos (recuerda que la prominencia política o económica también es intercambiable en el medio literario); acude a tertulias, ofrece fiestas y cocteles; acércate a escritores influyentes, editores, críticos y agentes literarios; no dejes que nadie se te escape sin halagarlo, imponerle un manuscrito o solicitarle un favor; participa en mesas y presentaciones siempre con palabra ligera y elogiosa; lee periódicos y cultiva temas de actualidad e interés; multiplica, más que tus obras, tu presencia; satura y circula, y nunca te detengas en anacrónicas consideraciones de calidad o congruencia, pues para triunfar no importa que te lean, sino que te identifiquen.

Si, por desgracia, el motivo de tu vocación es menos práctico y, por ejemplo, escribirías pese a la falta de reconocimiento y satisfacciones inmediatas, si concibes la escritura como una consagración, o hasta una enajenación, entonces, pobre de ti, debes desarrollar otras destrezas. En su juguetón libro, La creatividad literaria (Ariel, 2013), José Antonio Marina y Álvaro Pombo indagan (en diálogo con grandes creadores y preceptistas como Valéry, Rilke, Proust o Eliot) en los temas de la vocación, la inspiración y la concreción literaria. Para este dueto, la creatividad proviene tanto del entrenamiento persistente como de una suerte de gracia, tanto de lo rutinario de la técnica, como de lo insólito de la inspiración. El enfoque creativo es una cualidad especial, pero puede aprenderse y hay una parte operativa que resulta fundamental. Crear es un hábito, aunque siempre renovado, que se compone de la ensoñación dirigida, la corrección consciente y hasta la errata afortunada. Cierto, el oficio literario es indispensable, pero no suficiente y, acaso, una vez hecha la debida gimnasia, la gracia se digne, o no, a aparecerse. En todo caso, ya el oficio te brinda una base y, si no te visita jamás el genio, por lo menos podrás articular de mejor manera tus percepciones, reflexiones y emociones. De modo que, sin desdeñar a la musa, acaso debas encomendarte a ese ente sistemático, nada afrodisiaco, que laboriosamente va forjando sus obras en la acumulación, la selección y la decantación.

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“A Georg Trakl”, un poema de Francisco Hernández

La Jornada semanal compartió ayer este poema de Francisco Hernández sobre el poeta austriaco Georg Trakl:

A Georg Trakl

Es la nieve, sobre tus hombros encogidos.
Del lado izquierdo, negra.
Del lado derecho, púrpura.
Esferas de hielo al fin,
te golpean con vocablos incomprensibles,
ya de centro plomizo.
Poeta en oración bajo un puente colgante:
lo preciso de la embriaguez resulta
aceite hirviente o laguna mental.
¿Y tu adorada Grete, con su mirada roja?
Duro desde niña su sañudo lenguaje,
sus juegos de arrogancia.
Se salvó de tu genio con sus mejillas de manzana,
también se hizo de un arma de fuego entre sus piernas.
Párpados, podredumbre, pájaros, serpientes:
jeroglíficos hacia futuras representaciones.
¿Y el limbo de la guerra?
¿Cómo lo sella una cabeza hueca?
Heridos se desangran por los pasillos del hospital,
ahí donde juraste no volver a mentir.
Pero la nieve insiste, las enfermeras huyen
y aparece la sala de tu casa:
con Grete recorrías el teclado del piano,
mientras tu madre modelaba su vestido de novia.
De metros bajo tierra, como una sacudida,
apareció la furia de tu padre.
Grietas en los muros. Fracturas en los dedos.
Ovejas balando sus inútiles sacrificios:
alud, laúd, apotheke, modus operandi.
Sobredosis de cocaína. ¿Cómo atrapar sin remolinos
a esa estrella fugaz?
Silabario mudo, lengua reseca, puños agonizantes.
Fue imposible salvarte. Dio comienzo
tu viaje por el aire viciado.
Tus veintisiete años resplandecían,
trigo reciente de la aurora.
Grete ya te esperaba con sus labios abiertos
y se besaron como sólo se besan
los amantes de la misma sangre,
aquellos inventores de los espasmos del infierno.
El cielo bajó a ser bendecido
por la superficie del agua.
El Salzach despertó entre la espuma
de sus corrientes invisibles
y el Ángel Blanco mojó en él sus pies desnudos,
además de tu poesía hecha polvo.

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Un cuento de Juan Manuel Robles

gastronomía

La revista Letras Libres publicó, en su edición del mes pasado, un irreverente cuento del escritor peruano Juan Manuel Robles. Una historia que se desarrolla en un universo freak, obsesionado por la gastronomía y los orgasmos del paladar. Les recomiendo la lectura de Huancaína freak:

Romper un huevo sin que ocurra una pequeña catástrofe es difícil. Siempre he creído eso y vuelvo a pensarlo ahora que las circunstancias me han colocado en la cocina blanca para vérmelas por mí mismo y preparar algo de comer. El sol entra por la ventana y baña la pared de mayólicas en la que mi contorno reflejado puede vislumbrarse como en un espejo malísimo, borrosa leche derramada, pero lo suficientemente efectivo para mostrar quién yo soy en líneas generales: un metro ochenta y dos de flaca y pálida torpeza con un huevo en la mano. Sería una escena cotidiana, pero para mí es una estampa del aislamiento vital. Vivo en una ciudad enferma, trastornada por la comida, adicta a los orgasmos del paladar. Todos cocinan, todos dicen haber creado un plato, todos tragan y todos son críticos: comer es un carnaval permanente y una explosión demencial. En mis alucinaciones más tétricas –y tengo muchas– mis conciudadanos son freaks golosos, gente que tiene las papilas gustativas en forma de deditos, miles de manos en miniatura moviéndose en la lengua y muchas yemitas en los deditos dentro de la bóveda oscura de una boca cerrada. Hubo un escritor que dijo que las yemas de los dedos tenían cerebritos, y eso debe pasar con las lenguas de la gente de mi ciudad: millones de papilas con pensamiento autónomo. Mi padre es chef. Tiene una cadena de restaurantes. Se hizo famoso a comienzos de siglo, más o menos por la época en que yo nací. Mi hermano mayor era un cocinero con prácticas en Dal Pescatore de Italia. Sabía hacer estatuas de hielo y esculturas de caramelo. Murió atragantado mientras volaba desde Londres para visitarnos. Mi hermana menor es fotógrafa gastronómica y por estos días desarrolla el tema “Camotes flotantes”. Mi prima Laura es sommelier y su hijo de cuatro años está yendo a la Escuela de Pequeños Chefs del dinosaurio Berny. Por el Día de la Madre, hizo una papa a la huancaína y mi prima lloró de emoción, de tal forma que una lágrima fue a parar en la salsa y añadió la pizca de sal que faltaba. Todos en casa adoran al niño. Mi mejor amigo se especializó en postres, pero no lo veo hace mucho porque vive en Melbourne, dulcemente acompañado. El presidente agasajó al general mayor de un país vecino y amigo con un tiradito preparado por él mismo: los guardaespaldas visitantes se pusieron en guardia cuando sacó los afilados cuchillos para hacer cortes precisos. La última miss Perú, un caramelito con unas pantorrillas firmes que suelo imaginar suspendidas hacia arriba en golosa abertura, demostró en la tele que sabía cocinar los mejores tamales del barrio en su norteña ciudad natal. Mi abogado se dedica a patentar creaciones culinarias nacionales, y también ha patentado la suya: paiche a la florentina en salsa de berenjena con plátano, o algo así. El mapa de mi país no es un mapa: es el contorno arbitrario que un cuchillo dibujó en un enorme trozo de materia comestible.

Pero yo no puedo romper un huevo sin que ocurra un desborde acuoso sobre la mesa. Tengo veinticinco años. Viví mi adolescencia enfrentado con mi familia, y eso en el recuerdo es la imagen proyectada de una larga noche en una habitación cuyas paredes irradiaban la misma blanca hospitalidad de una celda: las luces exteriores ajenas y agresivas, el ruido de los cubiertos rozando contra los platos y esos olores que todos celebraban, allá abajo, mientras lo único que yo quería era una máscara de oxígeno. Viví recluido. Solo me apetecía hacer muñecos de plastilina y coleccionar flores. Agapantos, orquídeas, siemprevivas, nardos: solía dibujarlas en los espacios vacíos de un libro de recetas que nunca leí. Cuando cumplí doce años, abrieron por la fuerza la puerta de mi cuarto, botaron mis flores y me llevaron a la cocina para aprender a preparar pescado crudo con limón. Querían que supiera lo que todos saben. Pero vomité sobre el pez que –puedo jurarlo– aún sufría espasmos de agonía en la tabla de picar. Trajeron profesores, pues para mi padre era “desolador” ver que yo no podía interesarme en aquello por lo que él había luchado toda su vida. En el colegio, reprobé tres años seguidos la asignatura de Fundamentos Gastronómicos (obligatoria por culpa del Ministerio de Educación desde hace una década), me suspendieron por negarme a cortar el corazón de una vaca en tercer año y, en cuarto, porque escupí en la mezcla del ajiaco de una compañerita para ver si se ponía más espeso. El profesor me hizo comérmelo. Lo golpeé y me suspendieron. Mis padres me llevaron al médico a ver qué ocurría con mi olfato. El diagnóstico no arrojó ninguna anomalía en mis fosas nasales. El médico era amigo de la familia. Cada seis meses, nos invitaba un seco de chabelo preparado por él mismo, y cuando, ya sentado en la mesa, se disponía a comer el primer bocado, miraba hacia donde estaba yo para decirme: “Hey, ¿cómo va esa nariz?” Mamá agachaba la cabeza, triste. Mi padre se llevaba una copa de vino a la boca, para cubrirse el rostro. Mi hermano me pegaba un lapo. Él y mi hermana sabían perfectamente que yo nunca iba a pisar el restaurante de papá

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¿Qué hacer?, un poema de Alejandro Baca

¿Qué hacer
cuando la tristeza
es un péndulo
sostenido por el choque
de las mareas.
Una flecha en el silbido.
Un sueño diurno.
Un todo repetido.
Cuando cada pregunta
es un grano de arroz
que se expande
por la comisura
del olvido?

Publicado acá.
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Cartier-Bresson. El ojo del siglo

henri-cartier-bresson-2

Laura Cortés escribe en Laberinto un buen artículo sobre ese espléndido y polifacético artista que fue Henri Cartier-Bresson, quien murió hace una década, el 4 de agosto de 2004, y para quien “la fotografía es como una cuchilla que secciona para la eternidad el instante que la ha deslumbrado”. Va el texto:

Con sus imágenes, Henri Cartier–Bresson (Francia, 1908–2004) reveló las cicatrices de un mundo antes visto solo superficialmente. Armado con su inseparable cámara Leica y fascinado por el formato de 35 milímetros, plasmó en blanco y negro, con inagotables grises, los dramas e ilusiones del siglo XX: la China revolucionaria, el París liberado de la ocupación alemana, la última etapa de la India británica, las prostitutas y los mendigos de México. Testificó sobre casi todos los grandes acontecimientos de la pasada centuria. Ningún lugar le resultó demasiado lejano, a la caza del momento en el que una imagen condesa la vida.

“La fotografía es como una cuchilla que secciona para la eternidad el instante que la ha deslumbrado”, escribió sobre ese lapso de tiempo en que todo se define. “No hay nada en este mundo que no tenga un momento decisivo”, dijo citando al cardenal de Retz, Jean–François Paul de Gondi. Ese concepto, que trasladó a sus imágenes, le dio fama mundial y lo convirtió en el fotógrafo más venerado de su tiempo.

En una entrevista concedida a The New York Times afirmó: “Es como las tres últimas palabras del Ulises de Joyce, una de las obras más poderosas jamás escritas. ‘Sí, sí, sí’. Y la fotografía es así. Sí, sí, sí. Y no hay tal vez. Todos los ‘tal vez’ deberían tirarse a la basura, porque es un instante es un momento, ¡y está ahí!”

Esa extraordinaria combinación de artista que captura la belleza de un instante con la de reportero cuya conciencia crítica documenta la convulsa realidad dio lugar al surgimiento del fotoperiodismo, del cual fue uno de sus máximos exponentes. No entendió jamás el sentido de una fotografía sin que detrás de ella hubiera un “ojo comprometido” con la realidad. “Reportero de hielo y militante de fuego”, así se le describió en varios artículos periodísticos.

En 1947, el mismo año en que el Museo de Arte Moderno (MoMa) de Nueva York realizó la primera retrospectiva de Cartier–Bresson, él, junto con los fotógrafos Robert Capa, David Seymour, George Rodger y Bill Vanivert fundaron la emblemática Agencia Magnun, referente mundial del fotoperiodismo. De esa época son los impactantes reportajes del genio francés como Los funerales de Gandhi (1947), El fin del Kuomintang (1948), Rusia tras la muerte de Stalin, (1954), Cuba tras la crisis de los misiles (1963), Vive la France, a partir del mayo del 68 (1968–1970). En todos y cada uno de ellos, alineó “el ojo, la mente y el corazón”, para reflejar el carácter universal de la naturaleza humana.

Sobre el reportaje gráfico escribió: “en ocasiones una única foto cuya forma tenga el suficiente rigor y riqueza y cuyo contenido tenga la suficiente resonancia, puede bastar. Pero eso se da muy raramente. Los elementos del tema que hacen saltar la chispa son a menudo dispersos. Uno no tiene el derecho de juntarlos a la fuerza. Ponerlos en escena sería una falsedad: de ahí la utilidad del reportaje. La página reunirá esos elementos repartidos en varias fotos”.

Amante de la naturalidad en las imágenes y poseedor de una aguda mirada, aseguró que el único momento de creación de un fotógrafo es “ese 1/125 segundos que tarda el obturador en dispararse”.

Continúa aquí.

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