La palabra dicha

La palabra se levanta
de la página escrita.
La palabra,
labrada estalactita,
grabada columna,
una a una letra a letra.
El eco se congela
en la página pétrea.

Ánima,
blanca como la página,
se levanta la palabra.
Anda
sobre un hilo tendido
del silencio al grito,
sobre el filo
del decir estricto.
El oído: nido
o laberinto del sonido.

Lo que dice no dice
lo que dice: ¿cómo se dice
lo que no dice?
Di
tal vez es bestial la vestal.

Un grito
en un cráter extinto:
en otra galaxia
¿cómo se dice ataraxia?
Lo que se dice se dice
al derecho y al revés.
Lamenta la mente
de menta demente:
cementerio es sementero,
simiente no miente.

Laberinto del oído,
lo que dices se desdice
del silencio al grito
desoído.

Inocencia y no ciencia:
para hablar aprende a callar.

Octavio Paz.

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Celebraciones de Octavio Paz

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Tiene razón Jesús Silva-Herzog Márquez cuando afirma que los homenajes oficiales a Octavio Paz, convertidos en una repetición de aplausos, amenazan con hacer del poeta y crítico una estatua. Celebraciones por aquí y allá pero poco diálogo y crítica con su obra. “Hay que leer a Paz también contra Paz”, a los muchos que fue Octavio Paz, sin renunciar, como lectores y escritores, al talante crítico. Les comparto algunos párrafos del artículo que publica hoy en Reforma Jesús Silva-Herzog:

Octavio Paz nunca dejará de ofrecernos su mirada. Como el clásico que es, le hablará a las generaciones venideras y ayudará a perfilar identidades—sea por afinidad o por oposición. No desaparecerá del horizonte cultural de México, nunca nos será indiferente. Algunos sentirán el hechizo de su universo completo; la mayoría escogerá un trozo de Paz: unos su poesía, otros su crítica de arte, la biografía de Sor Juana, sus apuntes sobre el erotismo. Algunos preferirán al joven Paz, otros al maduro. Muchos afilarán cuchillos en su piedra. Pensarlo como contrincante será siempre atractivo. La crítica que él ejerció como una pasión vital llama a las dos relaciones: la admiración y el desapego; el elogio y el reparo.

Los homenajes oficiales del centenario amenazan con convertir en estatua al crítico. El incansable experimentador transformado en catálogo de frases para los discursos. Salones Octavio Paz; en letras de oro, Octavio Paz; en los billetes de lotería, Octavio Paz; en espectaculares y camiones, Octavio Paz. Paz musicalizado; Paz fosilizado. Cruel ironía, el hombre que denunció al dinero como la araña que convertía en moscas a los hombres, transformado en moneda acuñada por el Banco de México. El hombre que quemaba billetes, prestando cara al dinero. La celebración de Paz, meritoria por muchas razones, deslumbrante por su convocatoria y organización, resulta también irritante por hegemónica: el poder político y el poder económico, los medios y los partidos, las universidades y los diarios en afanosa competencia de elogios. No me he ahorrado los míos: más que convencerme, Octavio Paz me conmueve. Me maravillan la limpieza y la hondura de su razón sensible. Por eso mismo me incomoda la aplanadora de los aplausos. El poeta se erige en Autoridad Inapelable por decreto del poder y los negocios, negación absoluta de la hélice crítica.

Octavio Paz sigue siendo una presencia abrumadora, en alguna medida, aplastante. No hay territorio que no haya recorrido, no hay sitio donde no haya dejado huella. Es cierto que a Paz se le lee mal: como pensador concluyente. Su tono puede ser, en ocasiones, imperativo, su vehemencia polémica era, sin duda, demoledora. Pero nunca dejó de ser un ensayista en la plenitud del sentido original: un escritor que no solo expone ideas sino también dudas: que examina, propone, sugiere. Un autor abierto como nadie al sentido de la contradicción. Leído como Autoridad, Paz termina cualquier diálogo. Si lo dijo Octavio Paz, la discusión ha terminado. Está escrito en el Laberinto y por lo tanto, así somos los mexicanos y así seremos siempre. Si lo dijo Octavio Paz se trata de un engaño al servicio del neoliberalismo. Hacer de Octavio Paz el tapón de nuestras conversaciones es hacerse impermeable a la verdadera seducción de su pensamiento: acercarse al mundo por vía de una imaginación comprometida con la verdad. La crítica como creatividad arraigada

También para el crítico literario Rafael Lemus la figura de Octavio Paz, la celebrada y reivindicada por el Estado mexicano y amigos de la época, está cerca de convertirse en una “fastidiosa estatua” que sirve de apoyo al pensamiento hegemónico neoliberal y quizás a los prejuicios literarios, estéticos, de algunos escritores. Por acá una parte del ensayo publicado en el suplemento cultural Confabulario:

El liberalismo de Paz tiene dos momentos: uno encendido y otro apagado. Durante los años setenta los textos políticos que Paz publica, primero en Plural y después en Vuelta, son decididamente críticos de lo que en ese tiempo solía llamarse el “sistema político mexicano”. Enfrentados al obeso y autoritario Estado priista, sus reclamos liberales acertaban justo en el centro del ogro filantrópico. Si no se cree, léanse los ensayos reunidos en el libro (1979) de ese título: extraordinarios análisis críticos del presidencialismo, el centralismo, la corrupción mexicanos.

En algún momento de los años ochenta, sin embargo, su liberalismo termina por coincidir con el neoliberalismo de los funcionarios en el poder y deviene, por carambola, pensamiento hegemónico. Una vez que el Estado mexicano deja de gobernar según “el principio de la razón de Estado” y se rige por una “gubernamentalidad neoliberal” (“esa nueva programación de la gubernamentalidad liberal”), Paz y el poder empiezan a operar desde la misma “racionalidad política” (los términos son de Foucault). En esta etapa Paz ya rara vez acompañará a los críticos de las sucesivas administraciones priistas; más bien tenderá a combatirlos, acusándolos de reproducir disputas ideológicas supuestamente ya rebasadas e invitándolos a sumarse al nuevo consenso post-ideológico. Atrás queda el formidable crítico de las modernizaciones mexicanas, y su lugar lo ocupa un intelectual que, más o menos cercano a los presidentes en turno, aprueba, implícita o explícitamente, las repetidas reformas de liberalización económica.

Previsiblemente la “pasión crítica” de Paz, ya rara vez ejercida contra el poder político y económico del país, se posa con mayor frecuencia en otros parajes: las ruinas del socialismo realmente existente, las experiencias gubernamentales de la izquierda en América Latina, los intelectuales que defienden unas u otras. Ejemplo de ello es el encuentro que la revista Vuelta organiza en la ciudad de México en 1990, La Experiencia de la Libertad, un coloquio —sin duda brillante— en el que decenas de autores mexicanos y extranjeros se dan a la tarea —un tanto cómica— de condenar el comunismo, ya vencido, en un país sacudido por las políticas neoliberales.

También previsiblemente la obra ensayística de Paz se torna durante estos años menos puntual, más etérea. Enemistado lo mismo con la academia que con los estudios culturales y la teoría posterior al estructuralismo, sus ensayos sobre la sociedad contemporánea tienen cada vez menos de crítica cultural y cada vez más de crítica moral. Dudosa práctica: lanzar filípicas contra la sociedad capitalista contemporánea sin criticar sus estructuras, su asimétrica distribución de recursos, sus mecanismos de reproducción. Cómoda estrategia: condenar los efectos morales del neoliberalismo mientras se defiende, aquí y ahora, a los regímenes que lo implementan.

Se dirá que es injusto detenerse en ese último Paz —y tal vez lo sea—. El problema es que es justo ese Paz el que reivindica más a menudo Letras Libres, el que celebra hoy el Estado mexicano y el que está a punto de convertirse en una fastidiosa estatua. No el joven socialista que creía que la revolución fundaría un mundo de poetas. No el tardío surrealista que desconfiaba de las promesas del progreso ni el poeta de los experimentos visuales

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Alejandra Pizarnik. Tres poemas

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Solamente

ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y en mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida

Poema

Tú eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.
Tú haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura.

La enamorada

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fue triste estabas sola
la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió

enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

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Mientras escribo

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Cuando sobre el papel la pluma escribe,
a cualquier hora solitaria,
¿quién la guía?
¿A quién escribe el que escribe por mí,
orilla hecha de labios y de sueño,
quieta colina, golfo,
hombro para olvidar el mundo para siempre?

Alguien escribe en mí, mueve mi mano,
escoge una palabra, se detiene,
duda entre el mar azul y el monte verde.
Con un ardor helado
contempla lo que escribo.
Todo lo quema, fuego justiciero.
Pero este juez también es víctima
y al condenarme, se condena:
no escribe a nadie, en sí se olvida,
y se rescata, y vuelve a ser yo mismo.

Octavio Paz

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Luis Villoro

Luis Villoro – Maestros detrás de las ideas from Academia Mexicana de la Lengua on Vimeo.

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El cerebro de mi hermano

El cerebro de mi hermano

Rafael Pérez Gay. El cerebro de mi hermano, Seix Barral, primera edición, México, 2013, 144 pp.

Alguna vez el escritor brasileño Guimarães Rosa dijo a Clarice Lispector: la leo “no por la literatura, sino por la vida”. Pienso que un escritor no puede recibir mejor homenaje. Ella se sintió profundamente feliz por esas palabras. Para definirse a sí misma decía que no era intelectual porque se apoyaba más en la intuición que en la inteligencia; tampoco literata, ya que no hacía profesión o carrera en la escritura de libros. Se concebía como una persona “cuyo corazón late de levísima alegría cuando logra en una frase decir algo sobre la vida humana o animal”. Su prosa es de esas que sobrevuelan en todas direcciones para luego sumergirse en un mundo insondable, misterioso, onírico, muchas veces nocturno, al que forzosamente empuja a sus lectores. En Lispector, vida interior y escritura parecen brotar de una sola fuente, inagotable, cristalina, también oscura. El poeta Dylan Thomas deseaba igualmente abrazar la vida con sus creaciones: “Quiero construir poemas lo bastante sólidos y grandes como para que la gente pueda caminar y sentarse, comer y beber y hacer el amor en ellos.” Si leer no nos hace más reales, cito a Gabriel Zaid, ¿para qué demonios sirve?

Pensaba en ello, en la literatura que intensifica la vida, luego de leer un libro que me enfrentó con la enfermedad, el dolor y la muerte. Un libro de memorias íntimo, honesto, objetivo hasta donde quizás era posible, crítico, conversacional, transparente y de una fluidez narrativa admirable: El cerebro de mi hermano, de Rafael Pérez Gay, Premio Mazatlán de Literatura 2014. Lo que el autor llama un “informe” es en realidad un relato conmovedor que no podemos soltar de la primera página hasta la última, un ajuste de cuentas hondamente fraternal, una crónica anclada entre recuerdos sobre el desarrollo de la enfermedad neurodegenerativa que devoró sin piedad a su hermano José María Pérez Gay (1943-2013), conocido germanófilo, ensayista, narrador, lector voraz, traductor al español de Elias Canetti, Musil, Kafka, Benjamin, Karl Kraus y Paul Celan, entre varios otros, estudioso de la filosofía y diplomático, “una mente ágil y rápida: a veces tan veloz que pasaba sin que casi nadie lo notara de la filosofía a la opinión”, según Adolfo Castañón.

Rafael Pérez Gay nos cuenta la historia desde la perspectiva de quien fue testigo, compañero, interlocutor y cómplice en esa larga y atormentada noche que fue la enfermedad incurable de su hermano; observó de cerca la erosión de un hombre brillante que se fue hundiendo gradualmente en el silencio. “Cada vez que yo veía el cerebro de mi hermano y un neurólogo nos explicaba las zonas donde ocurría pequeños infartos, yo sentía con claridad cómo se complicaba el diagnóstico y él daba un paso más en la oscuridad. Me preguntaba a dónde iría a parar Goethe, tiradas completas de versos de Neruda y Borges…”. La familia notó primero el cansancio y la indiferencia inusuales en José María, pensando que se trataba de alguna depresión. Ignoraban que algo terrible ocurría en su cerebro. Luego empezó a cojear, dejó de caminar poco a poco, perdía de pronto la memoria y el dominio de los idiomas, sus manos dejaron de sostener objetos, la voz se convirtió en “un raro metal”, hasta que perdió el habla. “El silencio lo encontró y lo llevó a vivir a la enorme casa de sus misterios”. Era la manera de morir una primera vez; faltaba todavía una segunda. ¿Qué somos sin lenguaje y sin memoria? Quizás una casa vacía. “Le digo a mi hermano en silencio: ¿En qué mundo vives? Y me responde en silencio, nuestro único lenguaje, con una mirada habitada por el odio y el miedo, algunos la llaman mirada perdida pero yo la encontré en su cara, arriba de la rigidez de sus brazos y piernas el día en que perdió la capacidad para hablar.”

Es imposible leer este libro y no recordar, sin hacer comparaciones, La muerte de Iván Illich, breve novela en la que León Tolstoi narra con una precisión e imaginación escalofriantes la agonía, el tránsito de la vida a la muerte. Sus páginas transpiran los hedores de la angustia y lo moribundo. También está el inolvidable ensayo de Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, que el mismo Rafael Pérez Gay nos lo recuerda, en el que se puede leer lo siguiente: “Cada persona al nacer posee una ciudadanía dual, en el reino de los sanos y en el reino de los enfermos. Aunque todos preferiríamos sólo utilizar el pasaporte bueno, tarde o temprano cada uno se ve obligado, al menos por un tiempo, a identificarse como ciudadano de aquel otro lugar”. José María ya sólo deambulaba con el pasaporte del mundo de los enfermos, por la extensa, fatigante y brumosa noche de la vida. Un fantasma lleno de miedo. En la madrugada del 26 de mayo de 2013 sonó el teléfono en la casa de Rafael. Se escuchó la voz de una mujer, esposa de José María: “Pérez dejó de respirar”. La luz de una vida se apagaba.

La muerte es algo incomprensible, un terrible misterio que nos inquieta, un enigma de la existencia que sobrepasa la capacidad explicativa de nuestras palabras. “Me tomó años entender que la muerte es un hecho cruel que define la vida: sin la conciencia de ese acto sin retorno, nadie comprenderá la índole misma de la existencia”. El cerebro de mi hermano es un homenaje literario y un sentido adiós a José María Pérez Gay. Una despedida que, de tan sincera y entrañable, sólo consiguió retenerlo con vida a través de las palabras. También es un aprendizaje del morir y vivir. “Todo hay que aprenderlo, desde leer hasta morir” (Flaubert).

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El error de prestar libros

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Hace un año, aproximadamente, un amigo me prestó una novela con la intención de que la leyera de inmediato y conversáramos acerca de ella. Cada ocasión que nos veíamos, una vez por semana, me preguntaba emocionado por la historia. Aún no la leo, le respondía. Durante dos meses hizo lo mismo y obtenía idéntica respuesta. Un día dejó de preguntar, no sé si por cansancio o por el reconocimiento de su derrota. Yo descansé, pero su silencio me planteó dos interrogantes: ¿renunció a su libro?, ¿el préstamo se transformó en regalo con el paso del tiempo? Sólo él sabe la respuesta, pero intuyo que tiene la ilusión de que ese volumen regrese a su biblioteca, de donde (quizás esté pensando) no debió salir nunca. Prestar libros es una de las equivocaciones que con mayor frecuencia cometemos los lectores. Condenados a tropezar con la misma piedra, prestamos libros porque queremos compartir una lectura, un hallazgo, un goce, una reflexión, o simplemente porque algún amigo los pide. No hay razones sensatas para esperar que esos libros vuelvan a casa; sin embargo, el prestamista de libros vive con esa esperanza, a veces hasta cuenta los días… en vano.

Me han prestado y he prestado libros. He sido víctima y victimario. Me he quedado con libros ajenos y varios míos están en hogares extraños. En mis relaciones con amigos a quienes he prestado libros identifico a tres tipos de personas. Hay quienes simplemente se esconden al verme o desaparecen de mi vida con tal de no devolver el libro; otras sólo callan, se hacen patos y evitan hablar del tema (como si no tuvieran algo que me pertenece); y están las más cínicas y al mismo tiempo más honestas que dicen: “me gustó tanto el libro que no te lo devolveré; incluso lo rayé, disculpa”. Me lo dijo recientemente una amiga. Y ahora que lo recuerdo, otra más: “Irad, este libro ya es mío, olvídate de él”. Su sinceridad me desarma; su arrojo me obliga a admirarlas. Aun así, he forcejeado con ellas por mis volúmenes y los resultados han sido hasta hoy inútiles; se declaran legítimas propietarias. Otro caso es el de un amigo al que le presté una novela hace cuatro años. Visito su oficina con frecuencia y mi libro (todavía le llamo “mi libro”) descansa intocado a sus espaldas, en un librero. Cada vez que estoy en ese lugar siento que el libro y yo intercambiamos miradas, nos percibimos y nos buscamos de alguna forma. He pensado en tomarlo sin permiso, pues no parece que mi colega vaya a restituírmelo; tampoco a leerlo.

Días antes de comenzar a escribir este texto me encontré a un viejo y querido amigo en el café y le comenté que deseaba hablar de los libros prestados. Al escucharme, sonrió nerviosamente y me pidió un favor: “no hables de mí”. Hace 5 o 6 años le presté un libro que no he vuelto a ver; y ambos sabemos, secretamente, que ya lo perdí. Decía el ensayista Luis Ignacio Helguera que mientras más cercanos eran los amigos, menor era su preocupación por devolverte tus libros. Esto lo he comprobado año con año. Los libros van pero pocas veces vienen. Hay lectores que poseen un estante para libros prestados. Yo nunca lo he tenido porque los libros prestados están desperdigados en mi casa, confundidos entre los libreros. Tengo muy claro que no son míos; también la conciencia de que no los reintegraré pronto. Y si ellos quieren, jamás. A veces un libro adquiere independencia y se acomoda en un estante ajeno, como si actuara por voluntad propia; ese libro merece quedarse, no había estado en mejores manos (las nuestras).

Augusto Monterroso acierta cuando dice que el tema ya no es si los libros deben o no prestarse: “creo que todos estamos de acuerdo en que los que se prestan están por ello mismo condenados a no volver jamás”. A partir de esta verdad, prestar libros es un error y los lectores lo sabemos. Sin embargo, en esta antigua práctica social no hay aprendizaje que valga. Hace dos semanas presté nuevamente un libro a una de las amigas de las que les hablé y estoy corriendo el mismo riesgo: perderlo. ¿Por qué prestamos nuestros objetos más preciados cuando sabemos que quizá no regresen con nosotros? No tengo una respuesta que me convenza. Pero sé que en muchas ocasiones he puesto libros en las manos de mis amigos para compartir la delicia de una lectura y comunicar una experiencia estética o del pensamiento. El préstamo de libros es una de las condiciones para que los libros y la conversación circulen libremente. El costo está en perderlos, pero vale la pena.

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